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Carnaval del perdón


Sonido del carnaval

Toma de Yagé





Fechas: 1 y 2 de marzo 2014
Sibundoy


A pesar de mis esfuerzos constantes para no dejarme llevar por la fuerza del marketing, quise ir al Carnaval de Barranquilla. Sin real interés, tan sólo porque es el segundo carnaval en importancia en América Latina después del de Río de Janeiro o tan sólo para decir que fui. Pero afortunadamente, lo que sería una novedad mas discreta apareció en mi camino. La oportunidad de tomar un sendero menos recorrido y descubrir otra fiesta, menos conocida, se presentó.

Sin miles de patrocinadores, sin tantas cámaras de canal privado, sin mucha publicidad y sin tanto dinero, el Carnaval del Perdón tiene lugar cada año en el Valle de Sibundoy. Ubicadas en el sur del país, en el extremo contrario a Barranquilla, las comunidades indígenas Inga y Kamentsa celebran su fiesta en el alto Putumayo.

¿Y qué hice allí básicamente? Bailar una música que no conocía, fraternizar con desconocidos, tocar música sin ser músico, con toda suerte instrumentos o mejor, con toda suerte de objetos que servían para unirse a los ritmos y a las melodías de las armónicas. Entrar a las casas de vecinos que nunca había visto y bailar junto con ellos mientras las totumas, jarras, olletas, vasos y demás recipientes llenos de chicha iban de mano en mano. Para todos hay.

Si algo entendí, me imaginé o en todo caso sentí, es que en esta fiesta se renuevan los lazos. En el Carnaval del Perdón se perdona. Las puertas de las casas están bien abiertas para entrar y salir, pues el perdón es una ofrenda en dos sentidos, un regalo para el otro y para sí mismo. Se va entonces de casa en casa, de vereda en vereda, visitando a aquellos que uno dejo de ver por algún disgusto o malentendido. La intención es agradecer a la vida lo recibido durante el año, celebrando, compartiendo y dejando atrás, en el año pasado, aquellos errores que quebraron nuestras relaciones.



Al carnaval llegué en búsqueda de emociones simples, de colores y de historias. Me encontré con la sensación de pertenecer por un momento a una familia, de ser recibido sin tantas preguntas, sin más intención y alegría que la de celebrar agradeciendo.

Sin duda, entre tantas fiestas, desfiles y carnavales que tiene Colombia, el Carnaval del Perdón es una fiesta llena de sentido. Beber chicha bailando es en cierta forma rendir tributo al maíz, alimento prehispánico, oro del espíritu. Sin darme cuenta, bajo el sol, rodeado de colores y sonidos, comenzaba a estar borracho y alegre. Alegre de estar en donde estaba, en una tierra que no era mía, sin afanes, fuera de tiempo y sintiéndome lejos de las imágenes confusas y violentas que siempre tuve de Colombia.


Volviendo a la cuestión del marketing, de por qué mucha gente viaja por Latinoamérica exceptuando este país o de por qué los que dicen conocerlo solo han pasado por Bogota y Cartagena, hay que decir que la chicha sobrevive gracias a tradiciones como la del Alto Putumayo. Si fuera solo cuestión de marketing esta bebida habría desaparecido hace mucho tiempo. De hecho, cuando los gobiernos empezaron a publicitar la cerveza, fue entre otras esta imagen la que dio fuerza a la arrasadora industria Bavaria, patrocinador asiduo del Carnaval de Barranquilla.

Pero no todo es imagen, afortunadamente. Si bien la historia no cambia y la mayoría sigue al pie de la letra las recomendaciones de la tele o de las guías turísticas, siempre quedará un espacio para lo no-dicho, para la Historia no oficial, para el carnaval discreto. La chicha no embrutece, al contrario, invita a preguntarse por el otro desconocido, por su visión y sus creencias, que van de la mano con un turismo menos voraz, mas lento, ese que esta dispuesto a descubrir, porque cree que existe, una Colombia sin violencia.



Imagenes y texto por Grupo Colombio










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